• Alejandro Durán Asencio

Fallar está permitido

He fallado, debo confesar que he fallado. Una y otra vez, a veces de forma premeditada y la mayoría sin pensarlo. Vivimos en una sociedad que nos exige la perfección y que no nos da espacio para el fallo, para caernos y levantarnos, sin que por ello tengamos que pagar un peaje. Estamos demasiado volcados en ser todo lo perfecto que los demás esperan de nosotros. Tanto en nuestra faceta personal como en la profesional el fallo está mal visto, es poco tolerado.


Sobretodo en el ámbito profesional el error, la duda, el fallo, son poco aceptados por jefes que en muchos casos ocultan ante estas situaciones una falta de liderazgo y de gestión de equipos importante. Gestores de equipos que proyectan sus estados emocionales o su falta de capacidad en estas situaciones, que deben ser asumidas como normales y casi como necesarias para el normal funcionamiento del grupo. El error forma parte de cualquier proceso, es consustancial al éxito y en muchos casos, la única vía para llegar a ese punto que nos hemos o nos han marcado.

Fallar es señal de que lo estamos intentando, de que que tenemos puesto todo nuestro empeño en conseguir aquello que se nos ha encomendado. Debemos aprender a ver el fallo como algo normal, como algo inherente a nuestro día a día. El fallo nos debe servir como aciate para continuar en nuestra lucha hacia el éxito. Ahora bien, nunca podemos esconder una falta de capacidad o de competencia en un fallo continuo. En este caso estaríamos encariñándonos con la piedra del camino y eso es igual de intolerable que no permitir fallar.


“Debemos enseñar que no es una deshonra fallar

y que se debe aprender a fallar inteligentemente,

ya que fallar es el arte más grande del mundo.”

Charles Kettering


Llegados a este punto son muchas las actuaciones a llevar a cabo y no sólo en el mundo empresarial, sino desde mucho más abajo. Ya en la escuela debemos inculcar esta tolerancia al error. Los fallos no deben ser penalizados, sino más bien incentivados y promovidos como herramienta de aprendizaje. La cultura del “vencedor y vencido” debe quedar desterrada. Fallar y poder perder deben ser dos opciones más. De este modo conseguiremos que los más pequeños conciban el fallo como algo posible dentro de su vida. El fallo sólo será un paso más en el camino hacia la consecución de sus objetivos. De esta manera creo que podríamos tener muchos menos niños frustrados y con mayor capacidad de adaptación a las situaciones que la vida les irá presentando.


En definitiva, tanto en la vida como en los entornos empresariales debemos abrir la mentalidad y modificar determinados cánones establecidos para conseguir organizaciones y personas más flexibles y tolerantes al no éxito cortoplacista. Permitir fallar debe ser una premisa para seguir avanzando y creciendo.

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